jueves, 16 de septiembre de 2010

Un sueño



...y allí se encontró otra vez. De alguna manera seguía siendo una incógnita. A pesar de las repetidas veces que había soñado que soñaba, y dentro de un sueño soñaba otro, le era imposible reconocer cuáles de aquellas historias - no puede hablarse de vivencias - era real. Aunque, convengamos, realidad es un término poco serio. Al dormirse sabía que invariablemente entraría en esa especie de caja china donde los sueños se sucedían uno dentro de otro con un perfecto y exasperante orden, una secuencia única que impedía soñar dos sueños a la vez....
... lo que le aterraba profundamente era la incertidumbre ¿Acaso las cajas chinas no tienen una última, las más pequeñita, y después la nada? La sola idea de llegar al último sueño lo hacía temblar, sudaba y en la boca del estomago el hueco le impedía respirar. Una y otra vez se preguntaba si sería esa la cura para acomodar de una vez y para siempre su difusa percepción de la realidad o si, al contrario, y esto era lo que más le atemorizaba, el último de los sueños traería consigo el desenlace de su existencia pues ya no volvería a despertar. En sus conjeturas había afirmado la idea de que sería su cuarto el escenario del fin y su cama el ataúd. Se iría a dormir como tantas noches, sin prisa pero sin calma, sin saber si era verdad esto o lo que estaba por venir, si ahora volvería a la vida, o si la dejaba para siempre...
... había una tercera opción. Era la de entrar en un limbo de sensaciones, en un mar tibio y apacible de fantasías donde infinitamente habría de flotar sin preocupaciones, ni dudas, ni tormentosas preguntas sobre lo real o lo verdadero. Lamentablemente era demasiado pesimista para creer en esto con lo cual su vida, vaya uno a saber cuál era, se debatía entre el tormento y la esperanza de que de algún modo terminaría su calvario...
... sólo una vez estuvo en ese lugar donde quedarse era un buen pasar. Ahí no importaba si estaba empíricamente vivo o dormido o en trance o qué. Estaba tranquilo, abstraído y bien acompañado. Pero no supo quedarse. Inevitablemente continuó soñando y fue siguiendo la secuencia que mecánica y arbitrariamente debía seguir. Durante un tiempo buscó aquel sueño entre los sueños, descartaba lugares, vidas, corría sin probar uno tras otro, paso semanas acostándose en tantos lugares diferentes pero siempre despertaba en uno que no era y volvía a dormirse para parpadear en el lugar equivocado. Hasta que fingiendo olvido dejó de intentar. Y siguió...
... francamente ya no le importaba como acabar con esta alteración dormido-despierto, lo único que puede decirse sabía con certeza es que no soportaba más. Estaba cansado, mucho, y era terrible. Había intentado en más de una ocasión mantenerse despierto. Primero, a fuerza de voluntad y distracciones. Luego bajo el efecto de narcóticos estimulantes. Era en vano, fracasaba y terminaba durmiéndose en los lugares y momentos menos indicados. Soñando perdió el trabajo y sus amistades fueron desvaneciéndose. No era sinceramente la mejor compañía, estaba triste, malhumorado y en medio de una conversación se dormía profundamente. Con el tiempo él mismo opto por la soledad luego de transitar algunas situaciones donde despertando de golpe en reuniones o fiestas inquirió violentamente a quien se le cruzara ¿Estoy soñando? ¿Esto es real? ¿Existís? ¿Existo? ¡Confesa!...
...se metió en la cama, hoy estaba particularmente cansado, se tapó prolijamente y, observando los hilos de luna que entraban por las rendijas de la persiana, se durmió...
...se despertó, miró alrededor buscando algo familiar que le indicara donde viviría hoy y reconociendo el lugar no pudo contener un murmullo de ansiedad. Faltaba algo, no sabía qué, y de repente lo vio. El conejo blanco se le acercó saltando y en un último brinco le pateó la frente desplomándolo en el piso. Del bolsillo de su chaleco sacó treinta relojes y dijo: “Perdón, se me hizo tarde. Siempre se me hace tarde” Y luego de un silencio agregó vanidoso: “Estaba filmando un libro. En otro lado y sí...deje algunas cosas perdidas por acá pero de algo hay que vivir ¿O no?” Se rió en una carcajada de dos días y medio y, mientras guardaba los relojes, señaló el camino de gardenias hasta un burbuja crepuscular donde dormía la locura envuelta en una muchacha aniñada...
Y entonces soñó o despertó ¿Cómo voy a saber? Sus ojos no miraron nunca más. Por lo menos no en este lugar donde vivo yo, o sueño, o me quedé...

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