Me arrojé de espaldas y con ganas sobre la cama del cuarto de pensión. Cerré los ojos y dejé que la cálida y reconfortante sensación de embriaguez navegara por mis venas. Todavía podía sentir el suave movimiento de la hamaca paraguaya donde hasta hace unos momentos mis piernas se anudan con las de ella y dos pares de brazos, cuatro manos y dos bocas buscaban, encontraban y se dejaban llevar. Al principio atribuí el movimiento a la cerveza pero no tarde en reconocer que era la memoria del cuerpo la que insistía con el vaivén hamaquero. La suave brisa que no corría en el interior de la habitación aún me refrescaba la cara y el fresco aroma a verde no quería abandonar mi nariz.
Tampoco yo quería que lo hiciera, claro está, pero lamentablemente los olores, como el resto de los sentidos, no siempre se acomodan a nuestra voluntad. Hoy coincidimos, mañana no sé.
Pensé que tal vez nunca volvería a verla. Pensé que podría hacer algo al respecto. Pensé que podía tocar la puerta de la habitación donde dormía y hacer alguna aclaración. Pensé, también, que la despedida había sido casual, cotidiana, como si el día que venía llegando fuese a encontrarnos otra vez en el mismo lugar. Un beso, nomás, uno o tal vez dos.
Pensé. Luego no pensé más. Y estuvo bien.
Cuatro de la tarde. Yo venía de Montevideo, ella de Buenos aires.
Yo pasaría aquí una noche. Ella también.
Al día siguiente ella subiría a un micro con destino a Montevideo.
El mismo día yo cruzaría el río de la Plata hacia Buenos aires.
Nos cruzamos ahí, en la estación, llegamos a Colonia al mismo tiempo, apenas nos vimos, no sé si nos miramos, seguro que no hablamos y cada uno por su lado salimos a buscar.
A buscar no importa qué. Hay ocasiones en que uno sabe qué es lo que anda buscando y hay otras en las que no. No sé qué buscaba ella y mucho menos puedo saber qué es lo que busco yo, pero en la vida uno busca, siempre. Una infinita sucesión de búsquedas que no debe detenerse nunca. No se trata de abandonar lo que se encuentra sino todo lo contrario. Tomarlo, disfrutarlo y, cuando se quiere, aunque no dependa exclusivamente de uno, hacer lo imposible por no perderlo. Lo imposible... que algunas veces alcanza.
Sumarlo, juntarse, mezclarse y salir a buscar. Buscar. Encontrar. Fortalecerse de lo encontrado para buscar otra vez.
En eso me encontraba yo cuando llegué a la pensión donde, tiempo atrás, había permanecido durante varias noches. Fue como llegar a casa. Lo sentía así. Estaba cómodo, a gusto, familiarizado con el ambiente y con la gente. El lugar había dejado en mí un agradable recuerdo, de verdad me había gustado mucho y de esa forma lo había expresado luego en varias ocasiones. Sentado en medio del patio colonial al que asomaban ventanas, puertas, balcones, hojas de verdes distintos y flores de colores vivos, encendí un cigarrillo. Me gusta este lugar, pensé, y guardé esa imagen en la memoria.
Sabía que me esperaban. En ese mismo patio había pasado la noche de año nuevo junto a muchas otras personas que antes no conocía. Dos de ellas estaban allí otra vez y por esas cosas de los viajes, las idas y las vueltas, me habían hecho el favor de sacarme el pasaje a Buenos aires.
Este saber que alguien espera y te recibe potenciaba aun más la sensación de localía.
Ella, en cambio, nunca había estado en esta pensión. Ni en Colonia. Ni en Uruguay. Preguntó dónde dormir. Llegó. Y en esa recepción con ventana a la calle, sentada y registrándose, la encontré.
Yo ya estaba a medias registrado.
- ¡Volviste! Pero muy mucho mas bronceado - me dijo una de las señoras que atendían el lugar - Estás en la 11. Está Juana, ella avisó que llegabas.
- Perfecto – respondí - Y sí. Estuve dando vueltas. Llegué hasta Punta del Diablo, vengo de ahí.
- ¡Apa! Hasta arriba de todo te fuiste. Mirá, a él le tenés que preguntar entonces, te puede decir.
Eso lo dijo mirando al otro lado de la mesa sobre la cual se mezclaban un montón de papeles, biromes, lápices y un gran libro de registro. Desde ese otro lado ella me miró y preguntó algo. Algo respondí yo. Y cada uno a dejar sus cosas en la habitación.
Ante mí dos opciones. Podía ir a la playa donde sabía estaba la gente conocida de mi estadía anterior, o bien, salir a caminar por la pequeña ciudad, dato no menor, y buscar un poco.
Me fui a buscar entonces. Caminé por el casco histórico y me sorprendí al reconocer que en tantos días solo lo había caminado de noche y de manera ocasional. Me alegre de estar ahí, de la costanera, del río, de ver las antiguas paredes de piedra a la luz del sol como algo nuevo que ahora estaba descubriendo. Un rato caminé hasta que, vaya uno a saber por qué, las piernas me llevaron de regreso al punto de partida.
Llegando se iba. Digo, llegaba yo y se iba ella.
Como yo venía por la mano de enfrente, ya desde la cuadra anterior había fijado la vista en el largo frente colorido de la pensión y a través de una de sus altas puertas de madera la vi salir. Caminó en dirección a mí por la mano contraria, dobló en la esquina y calle abajo, hacía el río, se perdió tras una lomada.
¿Me vio? No sé. Pero yo sí la vi.
Entré. Quizás pasé por el baño, luego por la habitación, sin prisa y con calma, emprendí la marcha por la misma calle donde la había visto seguir.
Caminando por la costanera la volví a encontrar. De espaldas al sol, una lona sobre la arena, en una pequeña ilusión de playa sobre el río, escribía en un cuaderno rayado.
Seguí caminando y al cabo de un rato me detuve. Tenía hambre. Eran casi las seis de la tarde y noté, sin sorpresa, que no había comido nada en todo el día.
Sentado a la mesa de un carrito con vistas al río pensaba cual sería la mejor manera de acercarme, de empezar algún tipo de comunicación.
Es increíble la facilidad con la que uno puede complicar las cosas más simples.
Y sí, en esta circunstancia, aunque a corto plazo, sabía perfectamente qué estaba buscando.
Bajé a la ficticia playita, pase por delante de ella con cara de desentendido y de reojo, furtivamente, busqué una reacción. Un gesto. Una invitación.
No dije nada y, en realidad, apenas si miré.
Nada.
Nada de nada. Ella no me miró, al menos yo no la vi, ni me atreví a decir.
Me ubiqué, perezoso pero estratégicamente, a unos dos metros de ella. Hacía calor. Me saqué la remera, me coloque en actitud playera, abrí un libro que me acompañaba en la ocasión, y con la espalda sobre la arena me eché a leer.
Claro, cada párrafo estaba intercalado por una inocente espiada al costado.
Cruzamos miradas. Me sonrió (al fin y al cabo éramos viejos conocidos en tierras ajenas), le sonreí y esbocé una especie de mueca extraña entre hola, intento parecer simpático, de verdad lo soy y no sé qué carajo decir. Luego, nada otra vez.
Bueno, pensé, un primer contacto.
Me acostaba, leía, me incorporaba, me volvía a acostar. En cada acostada una mirada furtiva. En cada incorporación, una espiada más. Entre párrafo y párrafo, una licencia literaria.
Fue en una incorporación, mientras alternaba mi vista entre ella y el agua, cuando la descubrí sentada mirando el río. Espere...espere un poco más...y entonces sucedió. Mi pie. El gesto. La invitación. Lentamente vi girar su cabeza, se cruzaron las miradas, una mueca.
- ¿Te vas para la pedrera al final?
- Si, mañana temprano. ¿Qué lees?
Respondió + Sigue mirando + Simpática = Me acerqué.
Estuvimos hablando un rato, creo de Uruguay, o de viajes, o de qué hacíamos. Ella pintaba. Era de Santiago de Chile y había pasado una semana en Buenos Aires tomando un curso de serigrafía.
- ¿Tenés algo que hacer?
- No - respondí - más que estar acá.
- ¿Tomamos una cerveza?
Antes me atraía. Quería acercarme a mirar de cerca, a escuchar, a decir, a probar. Ahí estaba. Y me gustaba.
Las cervezas fueron dos, ahí en el casco histórico, una pilsen, una patricia. La primera la eligió el mozo, la segunda ella. Se hicieron casi las nueve y estaba por ponerse el sol.
- Vamos allá. A mirar.
Sentados en la escollera y ya después de algunos besos dijo:
-¿Cuando supiste que nos íbamos a dar un beso? ¿Qué algo iba a pasar?
Yo pensé en la playa.
- No sé - mentí - no lo pensé. ¿Por qué? ¿Vos lo supiste antes?
- Sí.
No importa cómo lo cuente, cómo yo creo que fui acercándome o como fui buscando la forma de hablar: tuve ahí la sospecha, y casi fue certeza, de que nada había dependido de mí.
Entre charlas y besos oscureció. Tenía que buscar mi pasaje. En realidad, más que el pasaje tenía que dar signos de vida. Al fin y al cabo dos personas que conocía hace poco tiempo se habían preocupado por sacarme un pasaje de vuelta, y como supe después, toda la movida no había estado exenta de complicaciones.
- Tengo que ir a buscarlos.
- Si quieres vamos. Te acompaño.
Fuimos. En una mesa sobre la calle éramos cinco. Comimos y seguimos tomando cerveza.
- ¿Para fumar alguien tiene?
Yo tenía. Fumamos en el cuarto de la pensión. En el mío, en el nuestro, como dije no dormía solo. Fumamos. Hablamos. Hablamos un poco más.
Después de un rato ella se puso de pie, me puse de pie, saludo y salió. Yo fui detrás.
En su cuarto dormían tres extraños. La hamaca del patio, en cambio, estaba vacía.
Había más gente en el patio. Pasaban de un lado a otro. Hablaban, gritaban, tomaban, reían. La pensión estaba llena. Pero de a poco iban cayendo y nosotros ahí en la hamaca seguíamos despiertos.
Algunos quedaban después de un rato pero eso no impidió que los cuerpos se entendieran y las bocas y las piernas y las manos y demás.
Sé que estuvieron ahí todo el tiempo y sin embargo hay momentos en los que puedo asegurar que olvidé por completo su presencia. Hay otros, claro, que no. Cuando me olvidaba era impune y cuando los registraba, según el momento, podía resultar incómodo, tedioso, divertido y hasta estimulante.
Creo que en algún momento me dormí, no mucho, pero soñé. Y me queda la sensación de que ahí, así, podría haber pasado la noche entera.
Luego paso el tiempo, entre el mecerse y lo demás, hasta que nos despedimos. Hasta ahí habíamos llegado, hasta aquí las circunstancias nos habían permitido hacer.
Ella partía en pocas horas. Yo en algunas más. Ella se acostaría en una cama y yo en otra. Solos los dos. Lo nuestro era la hamaca. Uruguay. Luego Chile para uno, Argentina para otro.
En eso pensaba. Echado en la cama de aquel cuarto de pensión, mirando el techo de madera, sintiendo el ir y venir de la hamaca suspendida en el aire, oliendo rico, con la cara fresca de viento, pensaba:
¿Y si nunca la vuelvo a ver? Honestamente, no creo que la vuelva a ver. Está bien.
Si quería podía saber de ella. Tengo su dirección de correo. Tengo la suya aunque ella la mía no. Le mando un mail y listo.
Luego dejé de pensar y dormí.
Perdí su dirección. Perdí el papel dónde me había anotado, simpática, burlona, provocando:
“ Con aclaración, por si tuviste muchos amoríos por aquí...” (Sin ninguna inocencia me halagaba)
Su dirección de correo, y debajo con su misma letra: “la chilenita de Colonia.”
- Pa´ que sepai quien soy.
Nunca la volví a ver.
Es lindo y alegre el recuerdo de esa sola noche.
No es pena la mujer que no ves nunca más.
La pena es cuando no se puede dejar de ver. Aunque no la vea.
Enero 2007
sábado, 16 de mayo de 2009
domingo, 1 de febrero de 2009
Doce en Madrid
Doce y cuando se puede trece. Sino catorce. A veces pueden llegar a quince. Más también. Menos a veces.
Más es bueno. Cuando falta se extraña y ojala pudiera estar siempre. Cada quien con quien. ¿El exceso también es bueno? No tanto. Otras, sí.
Así estamos.
La bisabuela madrileña, robándote la frase Facu querido, con su diástole-sístole marcaba el paso y el pié izquierdo buscaba la baldosa que llevara hacia adelante.
La noche es noche larga aunque no se quiera y entre remada y remada viaja la barca por un mar etílico hasta un puerto seguro.
En la barca se viaja apretado. El que habla sin descanso, alguno que calla, quien rema, quien bebe, quien fuma, quien toma, quien hace y deshace el nocturno delirante. Un personaje, dos, tres y veinte millones.
¿Alguien quiere agua? Sonó en el aire y un coro de carcajadas se estrello contra la mesa ratona. Locura sobre locura, delirio sobre bobina y alguien que saca el remo de auxilio cuando los que remaban se van al charco.
La noche en blanco y negro no es la de colores.
Una plaza que ya es el del barrio. Faltan los arcos y el subibaja.
Arcos no armamos: no hay quórum. Lo mismo se sale a la cancha, cada noche por el campeonato.
El tobogán lo armamos seguido: subimos alto y caemos planeando: “Gracias Luissssssssssssss”
Tobogán a fuerza de hacer mi bola y pulsar el botón ejector.
¿Hamacas? Tenemos una pero sin Ha. Sobra.
¿Qué pasa?
Humo y Guinnes vinieron de visita un momento. Los deje pasar. Se quedaron. Nos llevamos bien. ¿Los conocía? Mmm... familiares seguro, me suenan de algún lado y ya está.
Pasaba el mes y ya pasó. Lo vimos venir y sin aviso. Acompañado de otro que no se hizo rogar.
Me decían desde lejos que en la tía Bs. As. la primavera abraza con terrazas amigas de asado y Fernet.
Digo: si la tía Bs. As. abraza en primavera, la bisabuela madrileña en otoño no escatima cariño.
Bajo por Príncipe hasta la Plaza Santa Ana. Un teatro, un cartel, unas caras conocidas y unos nombres familiares. Entro, me cambio la ropa y soy otro un tiempo otra vez.
¿Qué es esto? Algo. Nada.
Pienso, luego existo. ¡JA! Mentira. A veces prefiero existir porque para pensar hay tiempo.
Hoy existo, mañana no sé. Existimos acá, ahora, y parece un cuento. Pero no es.
Estamos. Qué bien.
Guinnes inivitó una prima hermana a la mesa, igualitas ellas parecen gemelas, se sentó y espera que le hable. Me voy con ella ahora que si se calienta de más pierde el encanto.
A la puta calle otra vez. Qué bueno. Me gusta andar de noche.
Noviembre 2008
Más es bueno. Cuando falta se extraña y ojala pudiera estar siempre. Cada quien con quien. ¿El exceso también es bueno? No tanto. Otras, sí.
Así estamos.
La bisabuela madrileña, robándote la frase Facu querido, con su diástole-sístole marcaba el paso y el pié izquierdo buscaba la baldosa que llevara hacia adelante.
La noche es noche larga aunque no se quiera y entre remada y remada viaja la barca por un mar etílico hasta un puerto seguro.
En la barca se viaja apretado. El que habla sin descanso, alguno que calla, quien rema, quien bebe, quien fuma, quien toma, quien hace y deshace el nocturno delirante. Un personaje, dos, tres y veinte millones.
¿Alguien quiere agua? Sonó en el aire y un coro de carcajadas se estrello contra la mesa ratona. Locura sobre locura, delirio sobre bobina y alguien que saca el remo de auxilio cuando los que remaban se van al charco.
La noche en blanco y negro no es la de colores.
Una plaza que ya es el del barrio. Faltan los arcos y el subibaja.
Arcos no armamos: no hay quórum. Lo mismo se sale a la cancha, cada noche por el campeonato.
El tobogán lo armamos seguido: subimos alto y caemos planeando: “Gracias Luissssssssssssss”
Tobogán a fuerza de hacer mi bola y pulsar el botón ejector.
¿Hamacas? Tenemos una pero sin Ha. Sobra.
¿Qué pasa?
Humo y Guinnes vinieron de visita un momento. Los deje pasar. Se quedaron. Nos llevamos bien. ¿Los conocía? Mmm... familiares seguro, me suenan de algún lado y ya está.
Pasaba el mes y ya pasó. Lo vimos venir y sin aviso. Acompañado de otro que no se hizo rogar.
Me decían desde lejos que en la tía Bs. As. la primavera abraza con terrazas amigas de asado y Fernet.
Digo: si la tía Bs. As. abraza en primavera, la bisabuela madrileña en otoño no escatima cariño.
Bajo por Príncipe hasta la Plaza Santa Ana. Un teatro, un cartel, unas caras conocidas y unos nombres familiares. Entro, me cambio la ropa y soy otro un tiempo otra vez.
¿Qué es esto? Algo. Nada.
Pienso, luego existo. ¡JA! Mentira. A veces prefiero existir porque para pensar hay tiempo.
Hoy existo, mañana no sé. Existimos acá, ahora, y parece un cuento. Pero no es.
Estamos. Qué bien.
Guinnes inivitó una prima hermana a la mesa, igualitas ellas parecen gemelas, se sentó y espera que le hable. Me voy con ella ahora que si se calienta de más pierde el encanto.
A la puta calle otra vez. Qué bueno. Me gusta andar de noche.
Noviembre 2008
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